Ciao, Italia!

En Marzo de este año me fui de viaje de estudios con todo mi curso a Italia, durante 10 días.

El viaje ha sido increíble, he descubierto una nueva cultura, muy similar a la española, nuevos lugares y nuevas formas de cocinar la pasta y la pizza. A la vez ha sido un viaje duro, ya que muchos días acababa muy cansada por todo lo que teníamos que andar y visitar.

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La llegada a Italia fue por barco, saliendo de Barcelona y llegando a Roma. En mi caso, que no había viajado nunca en barco, la experiencia fue interesante. Los camarotes eran mínimos, sin ventana, y por ello pasamos la mayor parte del tiempo en cubierta. Además, en alguna ocasión me mareé, por lo que necesité tomarme una biodramina para poder dormir, y finalmente lo conseguí.

Roma me pareció imponente, con sus increíbles monumentos que encontrabas elevándose repentinamente tras sus calles estrechas y empedradas. Allí visité el Coliseo, la Fontana di Trevi, el Panteón, la Piazza di Spagna, la Piazza di Navona y tantos otros sitios de los que no soy capaz de recordar el nombre.

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Por otro lado, visité la Ciudad del Vaticano, ese pequeño estado en medio de la ciudad de Roma, donde asistí a la misa dada por el Papa en el exterior de la Basílica de San Pedro, en la Piazza del mismo nombre. En este lugar, fue curioso conocer que existe un punto de la Piazza de San Pedro, desde donde todas las columnas que rodean a la gran plaza se ven como si solo fuera una. Además, también pude visitar el museo del Vaticano, con todas sus esculturas y pinturas, y donde lo que más me impresionó fue la Capilla Sixtina. Por un momento, todos los visitantes elevábamos la cabeza y nos quedábamos mirando ese techo pintado por Miguel Ángel y solo nos movíamos por las órdenes que daban los encargados del museo de seguir avanzando.

Las noches en Roma las pasamos en una residencia algo alejada de la ciudad pero donde teníamos el piso superior para nosotros y la habitación más grande para nuestro grupo de cinco chicas, cuando las habitaciones solían ser de tres.

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De camino a Florencia, paramos unas horas en Siena. Sus monumentos, la Catedral de Siena y la Piazza del Campo, no son tan imponentes como los de Roma, pero en sí misma, la ciudad es preciosa y me gustó callejear y ver sus tiendas de ultramarinos con una gran selección de pasta de todo tipo, donde aproveché para hacer algunas compras.

Finalmente, llegamos a Florencia, donde lo primero que vimos fue toda la ciudad desde el mirador más famoso de esta, el Piazzale Michelangelo. Desde allí, bajamos hasta el nivel del río Arno y cogiendo como guía el mapa que nos dieron los profesores, mis compañeros y yo diseñamos una ruta para ver los monumentos más importantes: Ponte Vecchio, Galería de los Uffizi, Piazza del Duomo,… No obstante, a pesar de nuestros buenos propósitos fue imposible terminarla debido al gran número de monumentos que posee esta ciudad. Me gustó la presencia de cantidad de artistas en sus calles, con sus pinturas y cuadros a la venta, mucho más auténticos que los vistos en Roma. Aprovechando nuestro tiempo libre, tuvimos la oportunidad de quedar con un par de amigas italianas que vivían en la ciudad, que nos recomendaron un sitio de pizza muy barato y muy bueno.

Pasado ya el ecuador del viaje, tocaba conocer Venecia. Al estar rodeada de mar y de canales, el autobús no podía acceder y cada día teníamos que andar una hora para llegar hasta la ciudad, algo que, por otro lado, nos daba la posibilidad de conocerla más a fondo. Otra forma de llegar era cogiendo el Vaporetto, un tipo de barco que se utiliza como transporte público y del que hay varias líneas, pero que debido a su precio, 8€, solo lo cogí una vez. Todo en esta ciudad era muy caro.

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Debido a la gran cantidad de puentes, canales y callejuelas que hay , era muy fácil desorientarse y perderse. En una ocasión nos costó llegar a un sitio que GoogleMaps ponía a dos minutos, casi media hora. A pesar de todo ello, es la ciudad que más me gustó de todo el viaje, me impresionó que tuviera casas a las que solo se podía acceder por barco. Por supuesto, disfruté del clásico paseo en góndola junto a cinco compañeros e hice las típicas compras de artículos de cristal de Murano y máscaras venecianas.

Ya en Pisa, vimos la famosa Torre inclinada de Pisa. Me pareció bastante imponente y la mayor parte del tiempo lo perdimos haciéndonos fotos con la torre en distintas posiciones. En esta ciudad, comí por primera vez una auténtica carbonara italiana, hecha con queso y huevo y no con nata como se hace en España. La verdad es que me gustó más este tipo de carbonara.

Por último, y para terminar el viaje, llegamos a Milán, donde estuvimos un par de horas. En este tiempo solo pudimos ver la catedral de Milán, con sus plaza llena de palomas, y la galería de Víctor Manuel II, donde se encuentran las tiendas más caras de toda la ciudad. Y de allí al aeropuerto, para coger el vuelo que nos llevaría de vuelta a Zaragoza.

De este viaje destacaré que me gustaba callejear e ir a sitios no turísticos porque de otra forma te perdías la esencia de las ciudades. El idioma, muy parecido al español, nos permitía comunicarnos con los italianos y eso nos facilitaba mucho las cosas a la hora de conocer otros lugares menos frecuentados, restaurantes o puestos de comida típica, más baratos que los sitios habituales donde la comida era similar.

Marcela Cueto Puente, 1ºBACH

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