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DOMINGO IV DE PASCUA: EL CAMINO DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

[Hechos 13,14.43-52; Apocalipsis 7,9.14b-17; Juan 10,27-30] La vida cristiana puede ser pensada como un viaje, un desplazamiento de lo que somos ahora a lo que estamos llamados a ser eternamente. La vocación cristiana es don y tarea, llamada y promesa de plenitud.

“¿A dónde vas?” Es aparentemente una pregunta ingenua, pero con un calado existencial profundo, sobre todo cuando nos referimos al trayecto de la vida humana. Algunas expresiones del arte y de la cultura se han hecho eco de esta pregunta. Así tenemos, por ejemplo, a músicos y compositores como Marco Antonio Solís, Antonio José Sánchez Mazuecos, Diogo Piçarra, etc., que cantan “¿A dónde vas?”. Existe también un clásico del cine norteamericano “Quo vadis”, “¿A dónde vas?”. Lo mismo se podría decir de la poesía con Federico García Lorca, “Agua, ¿dónde vas?”; o del arte, con la pintura de Nicolás Gheur, “¿A dónde vas?”. Como seres humanos estamos convocados y movidos desde nuestras fibras más íntimas a responder con delicadeza a la pregunta sobre el sentido del camino que recorremos en la vida.

¿Y en cristiano? ¿Cómo responder a la pregunta: “a dónde vas”? La llamada que el Señor hace a cada persona se traduce en un camino que desvela el misterio de la vida, la razón de la libertad, la cualidad del amor y el sentido de la existencia. Las lecturas bíblicas del cuarto domingo de Pascua o domingo del Buen Pastor, nos dan las claves para entender precisamente el origen, el trayecto y el destino de la vida cristiana.

EL ORIGEN DE LA VOCACIÓN CRISTIANA 

San Juan, en su evangelio, nos habla de Jesús, el Señor, como de un Pastor celoso del cuidado del rebaño. Estas son sus palabras: “mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”. Se entabla una relación tan personal entre el pastor y las ovejas que más que un oficio pastoril, se trata de una íntima familiaridad. Los lazos de amor se consolidan en la escucha atenta de la voz del pastor. El pastor conoce a cada oveja por su nombre, su historia, sus sueños y los anhelos de su corazón. Precisamente por esta razón las ovejas siguen al pastor, que se presenta como el único Pastor digno de ser escuchado y seguido. A tal punto ama el pastor a las ovejas que da la vida por ellas. De hecho, hablando de Jesús, él dio la vida por todos para que todos en él encontremos la vida eterna.

La razón de tantos mimos es que el cuidado de las ovejas es un encargo del Padre, por lo cual las defenderá con su vida, porque el pastor ama al Padre y el Padre también ama a las ovejas. Difícilmente el pastor consentirá que alguien las arrebate de su mano, porque primero están en las manos del Padre. El pastor, Hijo del Padre, y el Padre, son cómplices en el amor por las ovejas; tiene un mismo propósito, un mismo compromiso, una misma razón de actuar en la historia de la humanidad y en cada corazón creyente. Por lo tanto, el origen de la vocación cristiana es una danza de amor en el corazón de la Trinidad: el Padre que ama las ovejas en el Hijo, el Hijo que ama las ovejas como el Padre le ama a él; y el Espíritu Santo que es el amor del Padre y del Hijo, que se hace Presencia cálida, paciente y misericordiosa.

EL TRAYECTO DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

El libro del los Hechos de los Apóstoles nos presenta a los discípulos del Resucitado en camino. Según se avanza en la narración de los orígenes del cristianismo, va apareciendo un elenco cada vez más nutrido de nombres, personas e historias atravesadas por la alegría del evangelio. En el texto que se lee este domingo, se nos habla de Pablo, de Bernabé y de los habitantes de Antioquía. Pablo y Bernabé van de camino en un viaje misionero, sembrando en los surcos de la historia la semilla de la Palabra de Dios. Se hace cada vez más grande el grupo de los habitantes de Antioquía, judíos o prosélitos, que tienen interés en las enseñanzas de Jesús. Ahora bien, hay resistencias al anuncio del evangelio. La envidia corroe los corazones de quienes ven mermados sus intereses; de ahí se siguen los insultos, el rechazo, las persecuciones y la expulsión del territorio.

El camino de la vida cristina se abre providencialmente a nuevos horizontes cuando se truncan iniciativas y proyectos de evangelización. El mismo Pablo y Bernabé lo dicen: “La Palabra de Dios debía ser predicada primero a ustedes; pero como la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos”. Estas palabras, que resultan duras a los oídos de los judíos, son una buena noticia para los paganos: “los paganos se regocijaban y glorificaban la palabra de Dios”. Al final, por un don de lo Alto, abrazan la fe los destinados a la vida eterna, ya sean judíos o gentiles. Expulsados de ese lugar, Pablo y Bernabé continúan su camino, pero quienes abrazan el camino de Jesús, los nuevos discípulos, “se quedan llenos de alegría y de Espíritu Santo”. Así pues, el trayecto de la llamada conlleva toda una vida en la aventura del discipulado.

LA META DE LA VOCACIÓN CRISTIANA

El libro del Apocalipsis nos anticipa una visión creyente acerca del destino de los testigos del Resucitado, “vi una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas”. Esta multitud de los que alcanzaron la vida feliz, el cumplimiento de las promesas de la vida cristiana, “están de pie, delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas y llevan palmas en las manos”. ¿Por qué? “Porque han pasado por la gran tribulación, y han lavado y blanqueado su túnica en la sangre del Cordero”. El Pastor, que ahora es Cordero por haber sido uno de tantos, verdadero hombre, cuida de los que han llegado a la Patria. Ahí, “ya no sufrirán ni hambre ni sed, no los quemará el sol ni los agobiará el calor”; El Cordero, que ahora es Pastor, “los conducirá a las fuentes de agua de la vida; ahí Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”.

En el Domingo del Buen Pastor o cuarto domingo de Pascua se convoca, desde hace ya varios años, una jornada eclesial de oración por las vocaciones. La Iglesia se comprende a sí misma como la comunidad de los convocados a recorrer el camino de Jesús. Cada discípulo y discípula recibe la llamada a peregrinar, en el seguimiento de Jesús, el Señor, hacia un destino de plenitud en el amor. No todos lo hacemos por la misma senda, pero todos recorremos el Camino, que nos lleva a la Vida. Como amigos del Resucitado, oremos para que cada ser humano llegue a comprender por qué camino está invitado a vivir su capacidad de amar y de ser amado. Oremos, finalmente, para que en la Iglesia cada cual viva su vocación, asuma su misión y comparta, por el camino, la vida nueva en Cristo con sus hermanos y hermanas.

Fabián Martín Gómezagustino recoleto