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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO: Vivir con imposibles

«Para nuestro día a días, se hace cada vez más urgente que nos convenzamos de que Dios no es omnipotente, que no podemos pedirle imposibles. Dios nos acompaña, nos sostiene, y se compadece solidariamente de nuestro dolor, al igual que lo hizo con su Hijo en la cruz. La oración no es negociar ni coaccionar a Dios a base de darle la pelmada».

“¿Imposible?… ¿Quién lo ha dicho?”. Nos cuesta aceptar la limitación, el que las cosas a veces no puedan ser como nos gustaría. Es verdad que ponemos toda la carne en el asador por lograr que, como dice Isaías, “los montes se abajen y los valles se eleven”. Los avances tecnológicos superan a diario el listón de lo que hace tiempo se consideraba “imposible”, pero hay muchas cosas que no están de la mano de la ciencia y que, por desgracia, parece que en este siglo, o mucho me equivoco, o van a seguir siendo imposibles, sin que esto signifique perder confianza en la Providencia, que sostiene el día a día de los que nos consideramos más o menos creyentes.

Para Lucas la oración está en la esencia del seguimiento. Por ello, en primer lugar les enseña qué tienen que decir y después, por medio de una parábola y un conjunto de sentencias, les dice cómo y de qué manera tienen que hacer su oración. El punto de partida es considerar a Dios como Padre. “Padre” no es un nombre sino un apelativo que deben tener en cuenta para entrar en oración. Por tanto la actitud del orante es la del hijo que se dirige con absoluta confianza a sus padre.

La primera lectura ofrece un tipo de oración muy curioso: la intercesión a través de una “curiosa negociación”. Esta era una costumbre esencial en el mundo judío y que hoy seguimos empelando en los negocios. Nada se compra al primer precio. Hay que ir bajándolo, regateando, hasta que se consigue el precio que se considera adecuado. El comprador termina contento pensando que ha engañado al vendedor pero sabe que ha salido perdiendo. Eso es lo que le ocurrirá a Abrahán: su regateo no le sirve de nada; Sodoma y Gomorra desaparecen irremisiblemente porque no se encuentran en ella ni siquiera diez personas inocentes.

El mensaje fundamental de este episodio no es la oración de intercesión sino la dificultad de compaginar las desgracias que ocurren en el mundo con la justicia y la bondad de Dios. En una religión monoteísta, como la de Israel, el problema del mal y de la justicia divina se vuelve especialmente agudo. No se le puede echar la culpa a ningún dios malo, o a un dios secundario. Todo, la vida y la muerte, la bendición y la maldición, dependen directamente del Señor. Cuando ocurre una desgracia terrible, como la conquista de Jerusalén y la deportación, ¿dónde queda la justicia divina?

Para nuestro día a días, se hace cada vez más urgente que nos convenzamos de que Dios no es omnipotente, que no podemos pedirle imposibles. Dios nos acompaña, nos sostiene, y se compadece solidariamente de nuestro dolor, al igual que lo hizo con su Hijo en la cruz.. La oración no es negociar ni coaccionar a Dios a base de darle la pelmada.

Por hacer una breve referencia al evangelio, decir que el Padre nuestro nos enseña que la oración cristiana debe ser: Amplia, casi universal, porque no podemos limitarnos a nuestros problemas; el primer centro de interés debe ser el triunfo de Dios; Profunda, porque al presentar nuestros problemas no podemos quedarnos en lo superficial y urgente: el pan es importante, pero también el perdón, la fuerza para vivir cristianamente, el vernos libres de toda esclavitud Íntima, en un ambiente confiado y filial, ya que nos dirigimos a Dios como “Padre” y todo ello en disposición de perdón.

Creo que esta suficientemente claro que la oración sirve para cambiarnos y transformarnos, para sentirnos en su compañía, refugiados en su regazo. Dios quizá nunca responda a nuestras súplicas de la forma que esperamos, pero sí va estar a nuestro lado, dándonos la fuerza que necesitamos por medio de su Espíritu, el verdadero soplo de aire fresco en medio de nuestras fatigas, que encuentra quien lo busca, y que lo dan a quien lo pide.

No dejemos nuestra oración, sintamos su compañía. El mal, las desgracias, son inevitables pero no absolutas. Hemos de empeñarnos en reconvertir nuestra fe hasta llegar a convencernos de una vez por todas que Dios es el primer interesado en luchar contra el mal, y que está mucho más empeñado en nuestro bien que nosotros mismos. ¿Para qué sirve el segundo mandamiento? ¿A qué esperamos para ponerlo en práctica? Pero no le pidamos imposibles que sólo la ciencia o un giro copernicano en nuestro modo de ser podrá resolver.

¿Y TÚ QUE OPINAS?
agustinos