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DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO: No dar el corazón a las riquezas.

[Amós 6,1a.4-7; 1 Timoteo 6,11-16; Lucas 16,19-31] Este domingo el evangelio hace un cierre que busca redondear el tema de la incompatibilidad entre seguimiento de Jesús y el servicio a la riqueza y los bienes materiales. Con la misma temática de la parábola del administrador infiel, Lucas presenta esta parábola que, como todas las demás, muestra también algún aspecto particular de lo que Jesús concibe como realidad del Reino de Dios. Aquí se hace más clara la advertencia sobre la imposibilidad de servir a Dios y al dinero.

El pasaje nos muestra a dos personajes: uno cuyo nombre es desconocido, el hombre rico que vestía de púrpura y telas finas, y un mendigo que responde al nombre de Lázaro. Aquel no tiene nombre propio en el texto, lo cual nos indica dos cosas: la primera, que el abuso de la riqueza trae como consecuencia inmediata el olvido de las más mínimas relaciones de justicia haciendo que perdamos nuestra esencia de hijos de Dios y seamos menos personas; nos convertimos en innombrables. Personas no gratas. Esto porque todo nuestro interés está puesto en el dinero, dejando de lado las necesidades de los demás. Y un segundo aspecto que se puede destacar de este personaje que no posee nombre es que ese vacío de nombre puede ser sustituido por el nuestro.

Sí, pues muchas veces en el día a día nuestros intereses están tan enfocados en vivir de la opulencia y la buena vida que olvidamos que hay quienes nos necesitan por muy cercanos que se encuentren de nosotros como Lázara que yacía a la entrada de su casa. Pues el olvido de los demás nos puede llevar a extender esa actitud a las personas más cercanas a nosotros como amigos y familiares.

De esta manera, el servicio a la riqueza se convierte en esclavitud a la misma a tal punto que se pierde la sensibilidad por el que sufre, y se pierde, además, el sentido y la finalidad de la misma vida humana. Ahora podríamos preguntarnos: ¿Cuántas ocasiones de ayuda he dejado pasar? Ya sea justificadas o no, es necesario no dejar que el corazón se nos cierre de tal manera que ya no seamos capaces de percibir las necesidades ajenas. Nuestra incapacidad de ver la necesidad de los demás puede llegar a ser de tal magnitud que dejaremos de escuchar a quienes nos piden ayuda.

Lamentablemente, hoy quienes tienen el renombre en nuestra sociedad son los hombres y mujeres ricos que visten telas finas y banquetean espléndidamente cada día. Ellos son los modelos a seguir en una sociedad consumista, pues se han convertido en los magnates de nuestros deseos y sueños logrando que cada vez nos esforcemos en poner el sentido de nuestra vida en lograr los bienes materiales, dejando de lado los valores más fundamentales para la vivencia del evangelio. Y los sin-nombre son los pobres, aquellos que no tienen el poder económico para hacerse escuchar ni hacer escuchar sus derechos, sino que siguen siendo los marginados que se encuentran a la entrada de la casa y deseando llenarse con lo que desparraman los multimillonarios.

Que nuestro corazón siempre tenga como centro el deseo de llevar a Cristo a los demás, y esto será realizable en la medida en que no pongamos el dinero como centro de nuestra vida, sino que se convierta en lo que realmente es, un instrumento más.

Alberto Valecillos, agustino recoleto

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