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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS: La fiesta del don de la verdad y de la vida.

El Señor no nos abandona. Él continúa enviándonos su Espíritu Santo para inflamarnos con este amor que está en Dios, sabiendo que donde hubo pecado sobreabundó la Iglesia. [Hechos de los Apóstoles 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar; Romanos 8,8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios; Juan 14,15-16.23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo].

El día de Pentecostés celebramos con todos los cristianos del mundo el don del Espíritu Santo, dado a los apóstoles y luego a toda la Iglesia. El Evangelio nos recuerda que en la víspera de su muerte, Jesús había reunido a los Doce. Les acababa de anunciar que los iba a dejar; pero permanecerá presente de otra manera y sobre todo les enviará el Espíritu Santo. “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él os guiará a toda la Verdad”. San Lucas nos habla de un ruido como el de una violenta ráfaga de viento, además señala que los apóstoles vieron aparecer una especie de fuego que se repartía en lenguas y que se posaba sobre cada uno de ellos, llenándose del Espíritu Santo a través de un ciclón que se precipita dentro de la casa y los empuja a salir al encuentro de la multitud.

Ya desde el primer Pentecostés, el Espíritu Santo actúa en la Iglesia para guiarla “hacia toda la verdad”. Por supuesto, no debemos creer que todo lo que se ha hecho en la Iglesia ha sido bajo el impulso del Espíritu Santo. Ha habido divisiones entre los seguidores de Cristo, masacres, abusos y hasta escándalos. Nosotros mismos podemos hacer nuestro examen de conciencia, reconociendo nuestras divisiones, nuestro egoísmo, todas esas debilidades que siempre tienden a tomar el control. Pero, el Señor no nos abandona. Él continúa enviándonos su Espíritu Santo para inflamarnos con este amor que está en Dios, sabiendo que donde hubo pecado sobreabundó la Iglesia. Aquí es donde entra el Espíritu Santo: Él resuena en cada etapa de nuestra historia con perpetua novedad; además es en su Luz en la que descubrimos la Sagrada Escritura como una brújula que nos indica la dirección a seguir.

Por otro lado, en la historia de San Lucas, el Espíritu es comparado con el viento, es decir una energía que nos empuja hacia adelante y que, en ocasiones, nos empuja y anima a actuar según el Espíritu. Durante siglos la Iglesia ha experimentado tormentas; no obstante, el Espíritu Santo nunca ha dejado de soplar en sus velos. La Iglesia necesita hoy esta fuerza para reconstruir su unidad; sin él, ella sería incapaz de evangelizar este mundo donde a los hombres les cuesta tanto entenderse y vivir la solidaridad.

Finalmente, es con el Espíritu Santo como podremos redescubrir y proponer los valores del Evangelio a todos los hombres y mujeres que viven sin perspectiva de futuro. En una de sus cartas, San Pablo nos invita a caminar “bajo el impulso del Espíritu”; por tanto, no dudemos en pedir su ayuda en las decisiones y elecciones que tenemos que hacer, ayudándonos a encontrar el camino correcto frente a las exigencias del mundo de hoy.

Si Pentecostés es una fiesta tan grande, es porque es la exaltación de la valentía, la verdad y la alegría; de ahí que la única verdadera súplica que podemos tener hacia el Espíritu Santo es decirle: “¡Ven!”.

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